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Pupila de águila
ALFREDO GÓMEZ CERDÁ
Primera edición: junio de 1989
Cuadragésima quinta edición: mayo de 2018
Gerencia editorial: Gabriel Brandariz
Coordinación editorial: Xohana Bastida
Coordinación gráfica: Lara Peces
Cubierta: Eduardo Nacarino
© del texto: Alfredo Gómez Cerdá, 1989
© Ediciones SM, 1989, 2018
Impresores, 2
Parque Empresarial Prado del Espino
28660 Boadilla del Monte (Madrid)
www.grupo-sm.com
ATENCIÓN AL CLIENTE
Tel.: 902 121 323 / 912 080 403
e-mail: [email protected]
ISBN: 978-84-9107-557-8
Depósito legal: M-10239-2018
Impreso en la UE / Printed in EU
Cualquier forma de reproducción, distribución,
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salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO
(Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)
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A Charo,
todas y cada una
de las palabras de este libro.
«Un pajarillo vino llorando, lo quise consolar,
toqué sus ojos con mi pañuelo: pupila de águila,
pupila de águila».
Violeta Parra
1
Martina giró despacio el pomo de la puerta y empujó con suavidad. Asomó la cabeza y miró a un lado y a otro del pasillo. Las visitas se habían marchado y el silencio era casi total. Arrastró la pierna
hacia el exterior, apoyándose en el quicio de madera. Sintió un
leve pinchazo en el tobillo y no pudo contener una exclamación
de dolor.
–Quejica –se burló Clara, la joven enfermera que la había atendido después de la operación y que en ese momento atravesaba
el pasillo con un montón de carpetas en la mano.
–Si te doliese a ti... –se lamentó Martina.
–¿Te ayudo?
–No, gracias. Ya puedo moverme sola. No soy una inválida. Si
quieres, hasta te llevo alguna carpeta.
–¡Qué valiente!
–El doctor Fernández me ha dicho que ande. Quiero que mañana me dé el alta.
–¡Qué ganas tienes de perderme de vista!
–A ti, no. Eres... la mejor enfermera del mundo.
Clara rio con ganas. Le dio unas cuantas carpetas y la agarró del
brazo.
–Tú no es que seas la mejor paciente del mundo, pero... se te
puede soportar.
–Estoy deseando volver a la calle. Sentir de nuevo el aire contaminado, el ruido... No sé, esas cosas.
–Pero si solo llevas tres días aquí...
–¡Tres días! ¡Una eternidad!
–¡Exagerada! ¿Se han ido tus padres ya?
–En este momento estarán sacando los billetes para el expreso
de esta noche.
–¿Se vuelven al pueblo?
–Mi madre quería quedarse unos días más, pero no la he dejado.
9
–¡Qué mala eres!
–Mis hermanos están solos en el pueblo y yo estoy bien. Podría
hasta bailar.
–¡Hala!
–¿Que no?
Martina se volvió de pronto hacia un lado y dejó sobre una mesita las carpetas que llevaba; a continuación tomó a la enfermera
por la cintura y, con la pierna a rastras, inició unos pasos de baile.
–¿Te gusta el vals o prefieres un rock and roll?
–¡Suéltame! –Clara no podía contener la risa–. No seas loca, te
vas a hacer daño.
–El Danubio azul –continuó Martina–. «La-la-la-la-la, la-la,
la-la...».
De pronto, la última puerta del pasillo, la que dividía los dos
pabellones, se entreabrió y por la rendija asomó un rostro anguloso, con unas gafas milagrosamente sujetas en la punta de una
nariz descomunal.
–¡Ejem! –carraspeó el rostro anguloso–. ¿Qué sucede aquí?
Clara se separó al momento de Martina, sujetándola siempre del
brazo por miedo a que perdiera el equilibrio.
–Disculpe, doctor Serrano, es que...
Aunque lo intentó adoptando extrañas posturas, no consiguió
sujetar las carpetas, que cayeron al suelo con estrépito.
El rostro anguloso abrió unos ojos como platos. Martina se dirigió a él.
–El doctor Fernández me ha dicho que ande. Es parte de mi
rehabilitación. Clara me estaba ayudando.
El rostro anguloso volvió a carraspear y desapareció tras la
puerta, que se cerró lentamente.
Clara arrimó a Martina a la pared.
–Apóyate, no te muevas.
Luego, se agachó y comenzó a recoger las carpetas con rapidez.
–Acabarán echándome del hospital –se quejó.
–A ti no pueden echarte.
–¿Ah, no? Tú no conoces al doctor Serrano. Es un chinche. Además, no soy fija todavía, y este hospital tiene unas normas muy
rígidas. Si no las cumples al pie de la letra, a la calle.
–Se ha creído que me estabas ayudando.
Clara terminó de recoger las carpetas.
10
–Si hubiese sido otro, tal vez. Pero el doctor Serrano...
–¿Adónde vas?
–Tengo que dejar estos historiales en la sala de enfermeras.