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Empieza a leer... Pelando la cebolla
Las pieles bajo la piel
Lo mismo hoy que hace tiempo, sigue existiendo la
tentación de disfrazarse de tercera persona: cuando él tenía
unos doce años, pero seguía sentándose con mucho gusto
en el regazo de su madre, hubo algo que comenzó y terminó. Sin embargo, ¿puede fecharse con tanta precisión
aquello que empezó y acabó? En lo que a mí se refiere, sí.
Mi infancia terminó en un espacio angosto, cuando, donde me criaba, la guerra estalló simultáneamente
en varios sitios. Comenzó, inconfundible, con las andanadas de un navío de línea y los vuelos de aproximación
de bombarderos en picado sobre el suburbio portuario de
Neufahrwasser, frente al cual estaba la Westerplatte, base
militar polaca, y, más lejos, con los certeros disparos de
dos carros blindados en la lucha por el Correo Polaco en la
parte antigua de Danzig, y fue anunciada muy de cerca
por nuestra radio, una Volksempfänger que tenía su acomodo en el cuarto de estar, sobre el aparador: con palabras
férreas se proclamó el fin de mis años infantiles en la planta baja alquilada de un edificio de tres pisos del Labesweg
de Langfuhr.
Hasta la hora quería ser inolvidable. A partir de
entonces no sólo hubo tráfico civil en el aeródromo del
Estado Libre, situado cerca de la fábrica de chocolate Baltic. Por los tragaluces del edificio se veía ascender un
humo negruzco sobre el puerto franco, un humo que se
renovaba con los continuos ataques y el suave viento del
noroeste.
Sin embargo, en cuanto quiero acordarme de los
lejanos cañonazos del Schleswig-Holstein, que en realidad
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había acabado su vida militar, como veterano de la batalla
de Skagerrak, y sólo servía ya de buque escuela para los
guardiamarinas, así como del estruendo escalonado de
los aviones, los Stuka, que, a gran altura sobre el campo de batalla, se ladeaban y, picando, alcanzaban su objetivo con
bombas que por fin soltaban, se redondea la pregunta:
¿por qué recordar la infancia y su final tan inamoviblemente fechado, cuando todo lo que me ocurrió, a partir de
los dientes de leche y después de los definitivos, hace tiempo ya que, incluidos los comienzos escolares, las canicas y
las rodillas con costras, los primeros secretos de confesión
y las posteriores cuitas de fe, se ha convertido en notas garabateadas y desde entonces atribuidas a un personaje que,
apenas llevado al papel, no quiso crecer, rompió, cantando, vidrio en todas sus formas, tenía a mano dos palillos de
madera y, gracias a su tambor de hojalata, se hizo un nombre que, en adelante citable, viviría entre tapas de libro y
pretende ser inmortal en nosécuántos idiomas?
Porque hay que posdatar esto, y aquello también.
Porque, de forma descaradamente llamativa, podría faltar
algo. Porque alguien, en algún momento, se cayó del guindo: mis agujeros sólo después tapados, mi crecimiento
irrefrenable, mi manipulación verbal de objetos perdidos.
Y hay que mencionar también otra razón: quiero tener la
última palabra.
Al recuerdo le gusta jugar al escondite como los
niños. Se oculta. Tiende a adornar y embellecer, a menudo sin necesidad. Contradice a la memoria, que se muestra demasiado meticulosa y, pendencieramente, quiere tener razón.
Cuando se lo atosiga con preguntas, el recuerdo se
asemeja a una cebolla que quisiera ser pelada para dejar al
descubierto lo que, letra por letra, puede leerse en ella:
rara vez sin ambivalencia, frecuentemente en escritura invertida o de otro modo embrollada.
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Bajo la primera piel, todavía secamente crepitante,
se encuentra la siguiente que, apenas separada, libera húmeda una tercera, bajo la que aguardan y susurran la cuarta y quinta. Y todas las siguientes exudan palabras demasiado tiempo evitadas, y también arabescos, como si algún
traficante de secretos, desde joven, cuando la cebolla todavía germinaba, hubiera querido encriptarse.
Ya despierta la ambición: hay que descifrar esos
garabatos, romper todos los códigos. Ya se refuta lo que
siempre quiere pasar por verdad, porque resulta ser la
mentira, o su hermana menor, la trampa, la parte más resistente del recuerdo; escrita, suena verosímil y se jacta de
detalles que quieren ser fotográficamente exactos: el techo
bituminoso del cobertizo que centelleaba bajo el calor de
julio, sobre el patio trasero de nuestra casa de alquiler,
olía, cuando no hacía viento, a caramelos de malta...
El cuello lavable del vestido de la maestra de mi escuela, la señorita Spollenhauer, era de celuloide y tan
estrecho que le hacía arrugas en la piel...
Los enormes lazos que llevaban las chicas los domingos en el malecón de Zoppot, cuando la banda de la
guardia municipal tocaba alegres melodías...
Mi primer boletus comestible...
Cuando, por el calor, cerraban la escuela...
Cuando otra vez se me inflamaron las amígdalas...
Cuando me tragaba las preguntas...
La cebolla tiene muchas pieles. Existe en plural.
Apenas pelada, las pieles se renuevan. Cortándola, hace
saltar las lágrimas. Sólo al pelarla dice la verdad. Lo que
ocurrió antes y después de terminar mi infancia llama
ahora a la puerta con hechos y transcurrió peor de lo deseado, quiere ser narrado unas veces así y otras asá, e induce a contar historias embusteras.
Cuando, con buen tiempo estable, de verano tardío, en Danzig y sus alrededores, estalló la guerra, colec-
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cioné —apenas habían capitulado los defensores polacos
de la Westerplatte después de siete días de resistencia— en
el suburbio portuario de Neufahrwasser, al que se podía
llegar en poco tiempo con el tranvía, pasando por Saspe y
Brösen, un puñado de esquirlas de bomba y granada, que
aquel chico que al parecer era yo, durante un período en
cuyo transcurso la guerra pareció consistir sólo en partes
de radio, cambió por sellos de correos, cromos de colores de
las cajetillas de tabaco o libros manoseados o flamantes,
entre ellos los viajes de Sven Hedin por el desierto de
Gobi y noséquémás.
Quien no recuerda con exactitud se aproxima a
veces, sin embargo, a la verdad un poco más, aunque sea
por senderos torcidos.
Casi siempre son objetos contra los que mi recuerdo roza y que excorian mis rodillas o me dejan un regusto
de asco: la estufa de cerámica... Las barras de sacudir alfombras del patio trasero... El retrete en la planta intermedia... La maleta en el desván... Un trozo de ámbar del
tamaño de un huevo de paloma...
A quien recuerda, palpable, el pasador de pelo de
la madre, o el pañuelo con cuatro nudos del padre bajo el
calor del verano, o el especial valor de intercambio de diversas esquirlas de granada o de bomba diversamente dentadas se le ocurren historias —aunque sean como excusa
entretenida— en las que pasan cosas que son más verdaderas que la vida.
Cambiaba los cromos que, de niño y luego de joven, coleccionaba sin cansarme por vales de cajetillas de