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Juan Carlos Onetti Los adioses y la crítica
Santiago Rojas
California State University, Chico
Los adioses conocida y enigmática novela corta de Juan Carlos Onetti30, después de
un primer y fallido intento, se publicó finalmente en Buenos Aires en 1954, vale decir,
hace ya más de treinta y cinco años31. Las opiniones críticas emitidas desde entonces,
aspirando cubrir y elucidar múltiples facetas del equívoco relato, han llegado con
frecuencia a aproximaciones no sólo disímiles, sino que, en repetidas ocasiones,
diametralmente opuestas. Entre el rico acopio de estudios dedicados a la novela, sin
embargo, junto a valiosas y esclarecedoras observaciones, ha persistido hasta el presente
un curioso contrasentido que, a nuestro parecer, obstruye en medida nada despreciable
la recta comprensión de aspectos tanto de importancia secundaria como fundamentales
de la misma. Por una parte, desde el primer análisis consagrado a Los adioses, de Emir
Rodríguez Monegal, aparecido el mismo año en que se publicó la novela, la crítica ha
reiterado una y otra vez la arriesgada credibilidad que garantiza la desbordante relación
del tendero32. Por otro lado, no obstante, desatendiendo esta inherente peculiaridad del
relato, se han emitido a la vez categóricos pronunciamientos y se han elaborado
conclusiones que sólo dependen, paradójicamente, de los desconfiables aportes
suministrados por el almacenero y sus colaboradores.
En el presente ensayo, por lo tanto, atentos a la crítica y al beneficio que depara una
perspectiva creada a través de más de treinta años, interesa considerar e ilustrar con
ejemplos específicos la paradoja señalada, procurando que dicho esfuerzo, usado como
medio de aproximación, de punto de vista, nos permita obtener como resultante un
entendimiento más idóneo del sugestivo relato.
Los adioses, en trazos generales, no es más que la relación en primera persona hecha
por un insólito «yo» -el almacenero-, que se impone la tarea de contar la historia o los
sucesos que plasman el mundo íntimo de un «él» -el ex jugador de básquetbol-,
especialmente en correlación a dos mujeres que le escriben y lo suelen visitar en la villa
en la cual se refugia para curarse de una afección pulmonar, «la mujer de los anteojos de
sol» y una enigmática muchacha. El tendero se sirve, además, para trazar el complejo
devenir del atleta, de los informes recibidos por parte del enfermero y Reina, la mucama
del hotel, a quienes suele citar de manera directa, y en otras oportunidades, para mayor
subjetividad del antecedente narrado, reconstruye la información o simplemente la
utiliza para añadir por su cuenta intrincados aditamentos, sospechas o deducciones por
él forjadas.
Merced a dicho procedimiento narrativo, consecuentemente, el lector llega a
conocer poco y de manera distorsionada al personaje que se perfila como figura central
y, casi sin percatarse de ello, termina conociendo mejor al que sirve de voz narrativa,
quien supuestamente debiera tener una importancia secundaria. Al interesante pero
engañoso punto de vista del relato, hay que sumar asimismo el ambiguo y truculento
modo de narrar que posee el relator y, sobre todo, la compleja personalidad sicológica
que tan notoriamente lo define y separa del resto de los personajes.
Hechas las consideraciones precedentes, observaremos primero, a guisa de
introducción, un interesante pasaje de la novela, un enunciado que, aunque en
apariencia sin importancia, muestra de modo palmario hasta qué grado alcanza la
sutileza narrativa de Los adioses, al mismo tiempo que expone con nitidez el cuidado
que exige su lectura y las —33→ subsecuentes y diversas posiciones adoptadas por la
crítica.
Durante el verano, después de los carnavales, llega al pueblo para ver al enfermo,
por segunda vez, «la mujer de los anteojos de sol», acompañada en esta ocasión de un
niño quien, según el almacenero, «tendría cinco años y no se parecía ni a ella ni a él»
(52). Al día siguiente llega también la muchacha, y la confluencia de las dos mujeres en
la villa, más el ulterior nexo creado entre ellas, crean automáticamente en la disposición
de la gente una viciosa tensión dramática. El exaltamiento del populacho y la
consecuente actitud reprobatoria hacia la relación del hombre y la joven, considerada
como su amante, bien pueden sintetizarse en las siguientes palabras de Reina: «Habría
que matarlo... Matarlo a él. A esa putita, perdóneme, no sé qué le haría. La muerte es
poco si se piensa que hay un hijo» (58; el énfasis es nuestro).
Esta es, en rigor, la primera vez que, con referencia al niño, se usa el término «hijo».
El enfermero comparte en seguida la conclusión de la mucama. El almacenero, en
cambio, más cauteloso, después de aquella interesante y sutil declaración suya de que el
niño «no se parecía ni a ella ni a él», aunque cita en más de una ocasión el parecer de
sus asociados, prefiere por su parte, hasta el cierre mismo del relato, el uso de los
vocablos «chico» o «niño» (ver 52, 53, 72, 73, 84). Es la apasionada mucama, por lo
tanto, el primer personaje que induce y expresa la versión del «hijo», sin ofrecer en su
comentario fuentes o evidencias que prueben el dictamen emitido. No se sabe así, a
ciencia cierta, si alguien le ha dado con anterioridad dicha información o si sólo se trata
de una gratuita conjetura suya. Frente a esa ambigua presentación de los hechos, ¿Qué
puede afirmarse de modo categórico? ¿Qué cursos se abren así a la interpretación
crítica? He aquí dos diferentes aproximaciones al respecto: Hugo J. Verani, que al
bosquejar el destino del ex jugador de básquetbol divide el tiempo de la novela en un
«ayer» y un «mañana», ateniéndose al testimonio de Reina, y que con referencia al
hombre, indica: «en el ayer hay una mujer y un hijo de cinco años...» En el mismo
párrafo, usa luego como sinónimo de «mujer» el vocablo «esposa» (143). Josefina
Ludner, muy por el contrario, al delinear también la suerte del ex atleta y, en particular,
aludiendo al vínculo que une a éste con «la mujer de los anteojos de sol», declara: «esta
mujer tiene un hijo (no del hombre) y no es su esposa...» (91).
Dichas interpretaciones, como es de ver, se ubican entre sí en polos opuestos. Si nos
ceñimos estrictamente a la narración empero, y como el lector no llega a comprobar de
modo cierto la aserción de la mucama, ni el hecho se dilucida en el resto de la novela,
justo es reconocer por consiguiente que todo enunciado crítico que vaya más allá de
ratificar la presencia de una mujer y un niño, entraña de por sí cierto grado de riesgo.
De mayor importancia juzgamos el ejemplo siguiente. Una de las más ambiciosas
proyecciones que aspira a brindar la narración -y en gran medida alcanza el efecto
deseado- es mostrar la introversión, el hermetismo del ex deportista. Hay un aparente
ademán de insistencia por parte de los informantes en fijar la visión de un hombre
huraño, ensimismado y rehuyendo siempre, empecinadamente, el encuentro y el trato
con los demás. La crítica, pese a sus diferencias, no ha puesto en duda ni ha hecho
reparos a esta imagen del personaje, la cual ha servido más bien de piedra angular en el
análisis del mismo. Sin embargo, en base a una cuidadosa lectura, y aunque parezca
sorprendente, la narración deja escapar también otros perfiles del hombre que
desmienten o contradicen el retrato anterior. Es curiosísimo constatar, por ejemplo, la
asombrosa frecuencia, casi obsesiva en el almacenero, de anotar la actitud sonriente del
enfermo, ya sea que la risa o la sonrisa aparezcan como fruto directo de la observación o
sólo como ejercicio imaginario del tendero. En la capciosa relación de los hechos, no
obstante, casi no se advierte esa característica del personaje, diluida quizás por el
énfasis que también se presta a la fase negativa, melancólica, y por las constantes
acotaciones interpretativas dadas por el imprevisible narrador. Tómese nota de los
siguientes ejemplos: cuando el almacenero se informa por primera vez y de paso, de que
el hombre había sido jugador de básquetbol, se desata de inmediato en él la propensión