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JAIME BARYLKO
Los hijos
y los límites
EMECE
EDITORES
1
DEL MISMO AUTOR
por nuestro sello editorial
EL MIEDO A LOS HIJOS
RELATOS PARA PADRES E HIJOS
ENVIDIA, SUEÑOS Y AMOR
SABIDURÍA DE LA VIDA
DAVID REY
CABALA DE LA LUZ
Digitalización y Corrección: Tav
2
Capítulo Uno
El camino demarcado
Viajo en plena noche y pienso...
Viajo en plena noche y pienso: los límites, los límites.
Viajo en auto, y debo dar una conferencia sobre ese tema en un country fuera
de la capital. ¿Qué les digo cuando me pregunten? ¿De qué hablo?
La gente está angustiada y saturada de tanto análisis y de tantas frases
complicadas que explican todo y que no resuelven nada.
Aprendimos a hablar y a pronunciar discursos sofisticados. Pero no se modifica
la vida con discursos, ése es el problema.
La gente aprendió a cargar sus propias frustraciones sobre hombros ajenos, la
culpa del otro, la sociedad de consumo, la televisión, los juegos electrónicos, el
stress...
No va más. La vida es la que debe cambiar, y con urgencia. Queremos vivir
mejor. Bienestar, sí, y lo otro, estar bien.
El auto, raudo, recorre la carretera negra. La noche es oscura, la carretera se
proyecta hacia adelante, se pierde en el horizonte. Miro por el parabrisas y me
pregunto cómo verá el conductor el camino.
Yo tengo la vista confusa, titilan las luces de los vehículos y es un mar de focos
y sombras que me nublan la visión en vez de aclararla. Me pregunto si los años no
estarán haciendo lo suyo y mis ojos ya no son lo que eran. El oculista, pienso, el
oculista... Y me resigno, y me deprimo un poco por este deterioro que el devenir del
tiempo va generando en los cuerpos.
De pronto, despierto. Sucede algo extraño, todo se ilumina, y me relajo. Ahora
veo perfecto. No, no son los ojos. Algo ocurrió afuera.
"¿Qué ha sucedido?", me pregunto.
Es la misma ruta, el mismo asfalto, la misma noche, pero todo es diferente.
"¿Qué ha sucedido?", insisto en averiguar.
Descubro el gran acontecimiento que ha derramado un haz de visión noble y
segura sobre mis ojos. El problema no estaba en mí, estaba en la ruta.
Ahora la ruta, la misma ruta, tiene rayas blancas a los costados, demarcatorias,
y una línea segmentada en el medio. La ruta está demarcada. Está el adentro, está
el afuera y está el medio. ¡Así da gusto!
También el cerebro se me enciende. Descubrí en qué consisten los límites.
"¡Eureka!", grito hacia adentro, en memoria del glorioso griego.
Las rayas que delimitan el camino
Sin esas rayas a los costados, sin esos límites señalados, la gran libertad del
camino era un caos de ceguera y miedo, incertidumbre y vacilación.
Ahora es distinto. Faltaban esas rayas. Ahora están, y los límites, lejos de
oprimir al viajante, lo liberan, lo protegen.
Llegué a la conferencia y supe de qué hablar.
3
¿En qué consisten los límites? En eso, en delimitaciones del camino, en cercos
protectores, en marcos contenedores y referenciales.
No son un fin en sí, son un instrumento para realizar fines. Cuando ellos están
uno puede actuar y elegir. Hasta, si quiere, puede salirse del camino. También para
salirse hay que conocer los límites.
Eso: los límites son para que pueda haber libertad. Justamente lo contrario de lo
que podría pensarse: no cercenan la libertad, la otorgan.
Las rayas no son el camino; el camino está entre ellas, y dentro de ese estar
entre ellas tú puedes elegir el ritmo, el movimiento, el desplazamiento, la
velocidad, el rumbo, el qué, el cuándo, el cómo, y si quieres dejas de moverte, te
detienes, y todo lo que tu fecunda imaginación te proponga. Lo puedes realizar
sabiendo qué va adentro y qué va afuera de esos límites, de esas rayas. Y eliges.
Esa es tu libertad, y la tienes porque tienes límites.
¡Su majestad, el niño!
El siglo XX se inauguró en calidad de "el siglo del niño".
En el pasado el valor era el anciano, la presencia de la tradición. La revolución
de nuestro siglo colocó al niño en el centro de la nueva historia, que se presentaba
como historia de lo nuevo.
Ya no es lo viejo lo que vale, sino lo nuevo; no es la conservación de las
tradiciones lo que merece aplauso, sino el cambio, lo joven, que por el solo hecho
de ser joven ya significa renovación, apertura hacia un futuro de progreso.
—¡Libertad! —se dijo.
Que su majestad el niño determine cuál ha de ser su rumbo, su destino.
—¡Libertad!— se clamó.
Entonces padres y maestros se corrieron a un costado para dejar pasar a su
majestad el niño, el adolescente, el joven, el nuevo mundo y el mundo de lo nuevo.
Y más no hicimos que corrernos, creyendo que de esa manera les dábamos la
tan preciada libertad.
También les dimos juguetes didácticos, y nos llenamos las bocas con teorías
psicológicas, y creíamos que hablando de libertad, de autorrealización, de ser uno
mismo, mágicamente el mundo se transformaría y su majestad el niño construiría
su imperio de belleza, bondad, liberación, bajo la advocación de la imagen de la
paloma de Picasso.
Nos corrimos a un costado, y dijimos:
—Contemplemos la maravillosa marcha de la historia de seres auténticos, ya no
constreñidos por padres autoritarios y castradores.
De paso nos fuimos haciendo niños también nosotros, los padres.
En el culto a la juventud como único y divino tesoro, entendimos que solamente
vale lo joven y que, por lo tanto, no podíamos quedarnos fuera de ese ideal
superior. Sí, todos somos jóvenes, y el que no lo es debe serlo o aparentar serlo.
Usando jogging, zapatillas, gym, y bailando hasta el café con leche matutino,
uno se hace joven. También haciéndose el dadivoso, el comprensivo, el permisivo,