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ANTOLOGIA DE AUTORES CONTEMPORANEOS
2/TEATRO
UNIVERSIDAD AUTONOMA DE NUEVO LEON
ACADEMIA DEL TALLER DE
LECTURAS LITERARIAS
Antología de autores
contemporáneos /2
TEATRO
Edición, selección y notas de
Miguel Covarrubias
profesor de tiempo completo de la
Universidad Autónoma de Nuevo León
PREPARATORIA NUM. 1
COLEGIO CIVIL
PREPARATORIA NUM. 16.
MONTERREY, 1980
Rodolfo Usigli
EL GESTICULADOR
El PROFESOR CÉSAR RUBIO, de 50 años.
ELENA, SU esposa, 45 años.
MIGUEL, SU hijo, 22 años.
JULIA, SU hija, 20 años.
El PROFESOR OLIVER BOLTON (norteamericano
con acento español), 30 años.
Un DESCONOCIDO (El general NAVARRO).
EPIGMENIO GUZMÁN, presidente municipal.
SALINAS
diputados locales.
GARZA
TREVIÑO
El LICENCIADO ESTRELLA, delegado y orador del Partido.
EMETERIO ROCHA, viejo.
LEÓN
SALAS
La Multitud
Época actual.
ACTO PRIMERO
Los Rubio aparecen dando los últimos toques al arreglo de la sala
y el comedor de su casa, a la que han llegado el mismo día, procedentes de la capital. El calor es intenso. Los hombres están en mangas de camisa. Todavía queda al centro de la escena un cajón que
contiene libros. Los muebles son escasos y modestos: dos sillones
y un sofá de tule, toscamente tallados a mano, hacen las veces de
juego confortable, contrastando con algunas sillas vienesas, bastante
despintadas, y una mecedora de bejuco. Dos terceras partes de la
escena representan la sala, mientras la tercera parte, al fondo, está
dedicada al comedor. La división entre las dos piezas consiste en
una especie de galería: unos arcos con pilares descubiertos, hechos
de madera; con excepción del arco central, que hace función de
pasaje; los otros están cerrados hasta la altura de un metro por
tablas pintadas de un azul pálido y floreado, que el tiempo ha desleído y las moscas han manchado. Demasiado pobre para tener mosaicos o cemento, la casa tiene un piso de tipichil, o cemento doméstico, cuya desigualdad presta una actitud—dijérase—inquietante a
los muebles. El techo es de vigas. La sala tiene, en primer término
izquierda, una puerta que comunica con el exterior; un poco más
arriba hay una ventana amplia; al centro de la pared derecha, un
arco conduce a la escalera que lleva a las recámaras. Al fondo de la
escena, detrás de los arcos, es visible una ventana situada en el
centro; una puerta, al fondo derecha, lleva a la pequeña cocina, en
la que se supone que hay una salida hacia el solar, característico del
Norte. La casa es toda, visiblemente, una construcción de madera,
sólida, pero no en muy buen estado. El aislamiento de su situación
no permitió la tradicional fábrica de sillar; la modestia de los dueños, ni siquiera la fábrica de adobe frecuente en las regiones menos
populosas del Norte.
ELENA RUBIO, mujer bajita, robusta, de irnos cuarenta y cinco años,
con un trapo amarrado a la cabeza a guisa de cofia, sacude las sillas,
cerca de la ventana derecha, y las acomoda conforme termina; JULIA,
muchacha alta, de silueta agradable, aunque su rostro carece de atractivo, también con la cabeza cubierta, termina de arreglar el comedor.
Al levantarse el telón puede vérsela en pie sobre una silla, colgando
una lámina en la pared. La línea de su cuerpo se destaca con bastante rigor. No es propiamente la tradicional virgen provinciana, sino
una mezcla curiosa de pudor y provocación, de represión y de fuego.
CÉSAR RUBIO es moreno; su figura recuerda vagamente la de Emiliano Zapata y, en general, la de los hombres y las modas de 1910, aun-
que vista impersonalmente y sin moda. Su hijo, MIGUEL, parece más
joven de lo que es; delgado y casi pequeño, es más bien un muchacho mal alimentado que fino. Está sentado sobre el cajón de los
libros, enjugándose la frente.
CÉSAR.—¿Estás cansado, Miguel?
MIGUEL.—El calor es insoportable.
CÉSAR:—Es el calor del Norte que, en realidad, me ha-
cía falta en México. Verás qué bien se vive aquí.
JULIA.—(Bajando.) Lo dudo.
CÉSAR.—Sí, a ti no te ha gustado venir al pueblo.
JULIA.—A nadie le gusta ir a un desierto cuando tiene
veinte años.
CÉSAR.—Hace veinticinco años era peor, y yo nací aquí
y viví aquí. Ahora tenemos la carretera a un paso.
JULIA.—Sí..., podré ver los automóviles como las vacas
miran pasar los trenes de ferrocarril. Será una diversión.
CÉSAR.—(Mirándola fijamente.) No me gusta que resientas tanto este viaje, que era necesario. (ELENA se
acerca.)
JULIA.—Pero ¿por qué era necesario? Te lo puede decir papá. Porque tú no conseguiste hacer dinero en México.
MIGUEL.—Piensas demasiado en el dinero.
JULIA.—A cambio de lo poco que el dinero piensa en
,iií. Es como el amor, cuando nada más uno de los dos
quiere.
CÉSAR.—¿Qué sabes tú del amor?
JULIA.—Demasiado. Sé que no me quieren. Pero en este
desierto hasta podré parecer bonita.
ELENA.—(Acercándose a ella.) No es la belleza lo único
que hace acercarse a los hombres, Julia.
JULIA.—No..., pero es lo único que no los hace alejarse.
ELENA.—De cualquier modo, no vamos a estar aquí toda
la vida.
JULIA.—Claro que no, mamá. Vamos a estar toda la
muerte. (CÉSAR la mira pensativamente.)