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tÉlÉcharger el cordon de plata lobsang rampa pdf

PROLOGO DEL AUTOR
— ¡Que no sea mordaz! —dijo el Señor Editor.
Perf ectame n te —y pensé para mis adentros—, ¿por
qué debiera serlo? Sólo estoy tratando de hacer mi
trabajo: escribir un libro sincero.
— ¡Que tampoco esté en contra de la Prensa! —agregó
el Señor Editor. . . ¡EN ABSOLUTO!
¡Vaya, vaya! —volví a repetirme—. ¿Por quién
m e toma?
De manera— que así será. Nada contra la Prensa. Después
de todo e llo s h acen su tr ab ajo , y s i dan inf ormaciones
incorrectas, supongo que no son del lodo responsables de
éstas . Y lo que yo pie nso sobre la Prens a? ¡Ah, Ah,
NO! Abstención absoluta sobre el tema.
Este libro es continuación de El tercer ojo y El médico
de Tibet. Voy a decirles, a manera de primicia, que todo
esto es VERDAD, no f antasía. Todo lo que he escrito en
l o s d o s l i b r o s an te r i o r e s e s v e r d ad e r o , y f r uto d e m i
experiencia personal. El tema de este libro comprende el
estudio de la personalidad humana y del yo, cuestión en la
que nosotros, los del Lejano Este, somos muy avesados.
¡Pero baste de prólogo, el libro es lo que importa!
CAPITULO PRIMERO
Los dentados picos del Himalaya se destacaban vívidamente contra el púrpura intenso del cielo en el atardecer
tib etano. El sol en el ocaso, oculto tras esa poderosa
barrera arrojaba chispazos de iridiscentes colores sobre la
larga espuma de nieve que sopla de continuo desde las
altísimas cumbres. El aire era de puro cristal, vigorizante; la
visibilidad casi ilimitada.
A primera vista, la solitaria y helada tierra estaba exenta
de vida. Nada se movía, nada se agitaba, salvo el largo
gallardete de nieve que soplaba allá arriba. En apariencia,
nada parecía poder vivir en estas montañosas y yermas
extensiones. Impresionaba como si ninguna vida se hubiera
originado desde el principio mismo del tiempo.
Sólo cuando se sabía, al observar una y otra vez, podía
percibirse —con dificultad-- la tenue huella de seres humanos que vivieran aquí. Unicamente familiarizándose con el
terreno podría uno guiarse por este tosco y olvidado lugar.
Sólo entonces vería la entrada envuelta en sombras de una
cueva profunda y lóbrega; una cueva que no era sino el
portal de millares de cámaras y túneles alveolando esta
rígida cadena montañosa.
Durante largos meses, los lamas de mayor confianza,
como simples arrieros, habían andado penosamente los
cientos de millas desde Lhasa, para traer los viejos secretos
adonde pudieran salvarse del vándalo chino y de los traidores tibetanos comunistas. Aquí también, con incalculable laboriosidad y sufrimiento, se trajeron las Figuras de
Oro de pasadas Encarnaciones para elevarlas y venerarlas
en el corazón de una montaña. Objetos Sagrados, escritos
antiguos, y los sacerdotes más venerables y eruditos queda11
LOBSANG RAMPA
ban aquí a salvo. Durante años, sabiendo positivamente
que se produciría la invasión china, los Abades fieles se
reunían en forma periódica en solemne cónclave para
probar y elegir a los que irían al Nuevo Hogar, tan
distante. Se analizó sacerdote tras sacerdote, sin que ellos
lo supieran, de forma que sólo los mejores y más adelantados espiritualmente resultaran los señalados. Hombres cuya
templanza y fe fuese tal, que de ser necesario, pudieran
soportar las terribles torturas que los chinos les infligieran,
sin que de sus labios se escapara ninguna información
vital.
Así, finalmente, desde el Lhasa infestado de comunistas, llegaron a su nuevo hogar. Ningún avión con carga de
guerra alguna podría sobrevolar esta altura. Ningún ejército enemigo podría sobrevivir en esta tierra árida; tierra
estéril, rocosa y traicionera, de movedizas piedras y abismos disimulados. Tierra tan alta, tan pobre de oxígeno,
que sólo un robusto montañés podría respirar en ella.
Aquí por fin, en el santuario de las montañas, estaba la
1 PAZ. Paz para trabajar en salvaguardia del futuro,
para conservar la Vieja Sabiduría y prepararse para
cuando el Tibet pueda aflorar de nuevo, libre del agresor.
Hace millones de años, esto fue una cadena de volcanes
rugientes que vomitaban piedra y lava sobre la cambiante
fisonomía de la Tierra joven. El mundo estaba entonces a
medio formar y soportaba el dolor del alumbramiento de
una nueva era. Durante innumerables años las llamas estuvieron muertas y las rocas semiconsumidas se enfriaron. La
lava afloró por la última vez y los chorros de gases desde
lo profundo de la tierra expelieron lo que quedaba al aire
dejando los infinitos túneles y cámaras desnudos y vacíos.
Sólo unos cuantos fueron obstruidos por las rocas caídas,
pero el resto permaneció intacto —vidrio endurecido, veteado por huellas de m etales a lguna vez fundidos. De
algunas paredes goteaban surtidores de la montaña, puros
y brillantes a cualquier juego de luz.
Por siglos y siglos los túneles y cuevas permanecieron
sin vida, solitarios y desiertos, sólo conocidos por los
lamas, viajeros astrales que podían visitarlo y verlo todo.
12
EL CORDON DE PLATA
Ellos lo habían recorrido todo buscando un refugio. Ahora
que el Terror acechaba las tierras del Tibet, las antiquísimas galerías se poblaron con la elite de un pueblo espiritual, un pueblo destinado a surgir otra vez en el correr del
tiempo.
Mientras los primeros monjes, cuidadosamente elegidos,
se encaminaban hacia el norte, para preparar un hogar
dentro de la roca, otros en Lhasa empaquetaban los objetos más valiosos y se preparaban para una partida sin
ostentaciones. De los lamasterios y conventos se filtró un
grupito de estos elegidos. Agrupados en unos pocos, a
favor de la oscuridad, se dirigieron hacia un lago distante y
acamparon a sus orillas a la espera de los otros.
Una Nueva Orden se había fundado en el "nuevo hogar", la Escuela de la Conservación del Conocimiento y el
Abate que la dirigía —un viejo monje erudito de casi más
de cien años— había llegado a las cuevas de las montañas
viajando con enormes sacrificios. Lo acompañaron en su
camino los seres más doctos de la tierra, los lamas Telepáticos, los Videntes y los Filósofos de la Gran Memoria.