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Revista Iberoamericana, Vol. LXXIX, Núms. 244-245, Julio-Diciembre 2013, 1017-1032
PODER Y DESHUMANIZACIÓN DEL SUJETO EN EL APANDO
DE JOSÉ REVUELTAS
por
Enea Zaramella
Princeton University
Las reflexiones que José Revueltas manifiesta mediante su producción literaria
se articulan alrededor de la tensión política que dominaba la escena mexicana de los
años sesenta. Sus escritos tuvieron gran resonancia sobre todo entre las generaciones
más jóvenes ya que el valor mesiánico de su pensamiento –la promoción de cierto tipo
de pureza con respecto al desarrollo del marxismo, según él, afectado por la deletérea
contaminación del estalinismo– llamó particularmente la atención del movimiento
estudiantil de 1968. La experiencia del escritor como prisionero político marcó, de manera
tajante, su obra literaria y, desde su publicación en 1969, El Apando fue considerado por
la crítica como una novela política que, a través de su narración dinámica, expresaba
la necesidad de organizar un lenguaje literario que mediara entre las esferas del poder
político y el pueblo. El objetivo de este diálogo parecía ser, directa o indirectamente,
el de liberar a la población de la misma ansiedad que se halla en el texto: una forma de
inquietud que en El Apando se expresa mediante la claustrofobia de la cárcel. Esto es, la
cárcel implica el estatus de reclusión de la sociedad mexicana en un momento histórico
caracterizado por la limitación de los derechos humanos en diferentes ámbitos de la
vida cotidiana –notorio es el suceso de Tlatelolco, donde fueron asesinadas cientos de
personas, entre ellas estudiantes, profesores y demás manifestantes, que solicitaban un
cambio generacional con una postura política revolucionaria ante la ansiedad por las
restricciones de libertad–.
En este sentido, la obra de Revueltas se inserta en el ámbito literario de la prisión
para explorar los atributos aberrantes de nuestra realidad donde “[…] la enajenación
humana ha llegado a un extremo tan radical que lo humano verdadero sólo puede
realizarse con la muerte” (Revueltas, Conversaciones 11). Asimismo, en el corpus
literario de Revueltas es evidente el desarrollo de cierto tipo de dialéctica dirigida
hacia la investigación fenomenológica de las relaciones humanas bajo una perspectiva
sumamente negativa y deletérea, práctica que el mismo autor denomina a través de
Enea Zaramella
Poder y deshumanización del sujeto en El Apando de José Revueltas
la emblemática expresión “lado moridor”.1 El espacio carcelario, entonces, crea una
microsociedad con reglas propias y se desarrolla paralelamente en otro espacio más
amplio definido por un ordenamiento que, desde luego, lo comprende. Efectivamente,
el análisis de un producto de nuestra sociedad, de la educación disciplinaria “necesaria”
para que el modelo de vigilancia jerarquizado funcione, es una ventaja que permite
reflexionar sobre la entidad creadora de tal sistema definiendo el grado de libertad en
cada una de sus esferas de poder. En otras palabras, la cárcel proyecta la sociedad y
viceversa. Es justamente el contexto carcelario que, entendido como la creación de un
espacio/lugar otro, cercano al concepto de utopía social materializada, se extiende y
se dilata hacia la heterotopía. Es decir, según la definición foucaultiana, se trata de un
lugar que entretiene
Ahora bien, si consideramos la óptica de los estudios que se acercaron a los textos
narrativos de Revueltas, notamos que la mayoría de ellos vincula paulatinamente la
vida personal del autor con la experiencia política y social de México de los sesenta.
Es decir, tanto su experiencia como prisionero como el fuerte compromiso político y
ético que siempre caracterizó su vida y su producción parecen recopilar el trasfondo
dramático notificado en las páginas de sus mejores libros y, sobre todo, de El Apando.
El digno esfuerzo de otorgar cierta integridad filosófico-política al pensamiento y a los
escritos del autor mexicano ha promovido, en cierta medida, la creación de una línea
crítica recurrente que, a veces, se limita a la formación de clichés y estereotipos ligados
a lo biográfico que suelen encerrar el campo semántico de sus textos narrativos. En
contraste con esta tendencia, en este ensayo propongo un acercamiento al texto de una
de las voces más elocuentes de los sesenta latinoamericanos mediando la subestructura
del discurso político contemporáneo al autor y proponiendo una apertura hacia una más
atenta y profunda exploración de los fenómenos humanos que constituyen, modifican y
subvierten la percepción común de la noción de subjetividad. Más específicamente, dentro
del marco representativo de un género que puede identificarse como literatura carcelaria,
donde el concepto inicial de heterotopía nos parece de fundamental importancia para
contextualizar la retórica de Revueltas, el análisis de El Apando que propongo en este
ensayo quiere indagar sobre los procesos que amplifican la relación entre la persona y la
construcción de un contexto paralelo justificado por la falta de libertades y la imposición
de normas, por el espacio carcelario. En este sentido, analizaré los procesos sociológicos
que permiten cierto tipo de deshumanización –alejamiento de la sociedad, jerarquía de
las relaciones y persistente control de las actividades–, cuestiones que presuponen una
primera forma de segmentación de la sustancia interior del ser humano, y la creación
de un orden que se aleja –o que posiblemente se acerca– de la naturaleza misma del
hombre hacia un contexto dominado por los instintos. De tal manera, asistiremos al
cambio repentino del sujeto –manipulado por estas privaciones– en objeto “reificado”
por la institución carcelaria. Al mismo tiempo, trataré el discurso de la corporeidad,
considerando la fragmentación anatómica de los personajes y la construcción de cierto
tipo de animalidad mediante algunos comportamientos sintomáticos del encierro, que
deterioran la unidad de la persona y que la acercan a un estadio primordial de barbarie.
Mi objetivo es, en última instancia, demostrar que el así llamado “lado moridor” de
la poética de Revueltas no solamente atañe a la responsabilidad de la denuncia de las
dinámicas de poder en la sociedad por mano de la política, sino que también indaga en
los procesos más hondos del ánimo humano ampliando el espectro ontológico de este
lugar clausurado por medio de un procedimiento analítico.
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[…] avec 1’espace réel de la société un rapport général d’analogie directe ou inversée.
C’est la société elle-même perfectionnée […] des lieux réels, des lieux effectifs […]
qui ont dessinés dans l’institution même de la société, et qui sont des sortes de contreemplacements […] des sortes de lieux qui sont hors de tous les lieux, bien que pourtant
ils soient effectivement localisables. (Dits et Ecrits 755-56)
Así, la cárcel se identificaría como una “heterotopía de desviación” ya que sus
usuarios son personas que muestran hábitos que se alejan de las normas impuestas por
el sistema del poder. De tal manera, esta institución no debería considerarse como una
estructura que obedece a procedimientos disímiles a los de la sociedad de masas, sino
como la realización de la racionalidad aplicada a través de la ley positiva hasta tal punto
que, como nos explica Michael Hardt:
[…] When you get close to prison, however, you realize that it is not really a site of
exclusion, separate from society, but rather a focal point, the site of highest concentration
of a logic of power that is generally diffused throughout the world. Prison is our society
in its most realized form […]. (66)
Precisamente, Hardt ni siquiera ratifica una relación entre cárcel y sociedad, sino que
yuxtapone los dos términos identificando la habilidad, por parte de nuestra lógica de poder,
de generar sistemas utópicos tangibles, heterotopías. Además, el teórico estadounidense
vincula las dinámicas cotidianas de su vida privada con las de la institución cerrada en